HAVANA CLIMA

60 años no es nada (IV)

En una reunión del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC), a fines de enero de 1968, Fidel Castro explicaría las presiones soviéticas sobre Cuba, utilizando el suministro de petróleo para conseguir su alineamiento con Moscú. Remontándose a los antecedentes de aquella situación, compartiría con el Comité Central (CC), por primera vez, los secretos de la “Crisis de Octubre”.

60 años no es nada (I)

Las relaciones con la URSS habían dejado una huella en el difícil proceso de la unidad política cubana. Antes de los misiles, la corriente prosoviética oriunda del Partido Socialista Popular (PSP) había provocado la crisis de las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI), a escasos meses de su constitución en el verano de 1961. La corriente política llamada sectarismo de 1962 volvería a emerger en 1967, con el nombre de microfracción. Esta vez, lo haría con una connotación de seguridad nacional: su vínculo directo con la embajada soviética y con otras del campo socialista en La Habana.

En la misma reunión del CC, Raúl Castro leería el detallado informe sobre “la Micro”, como los cubanos la nombraron desde entonces. Según Aníbal Escalante y su grupo, el gobierno estaba tomado por “una fuerte corriente antisoviética” que representaba a “la pequeña burguesía” empeñada en “desplazar el comercio hacia las áreas capitalistas” y en hacer “retroceder a Cuba al sistema que se había barrido en enero de 1959”. Y postulaba “que la URSS es el país que debía llevar la hegemonía” en el movimiento socialista mundial.

Además de una “corriente de oposición ideológica a la línea del Partido”, andaban en “actividades conspirativas”, consistentes en “acercamiento a funcionarios y ciudadanos soviéticos, alemanes y checoslovacos”, “representantes del gobierno”, “periodistas cercanos al CC del PCUS”, “asesores del MININT”, “con el fin de hacer llegar sus puntos de vista y crear un estado de opinión en la dirección de estos partidos”, para promover “una presión política y económica por parte de la Unión Soviética que obligase a la revolución a acercarse a ese país”. 

En sus reuniones con “la Micro” en el Ministerio del Interior, Rudolf Petrovich Ajliapnikov, Jefe de los asesores de la KGB, había afirmado que “en Cuba estaban creadas las condiciones para que se produjese otra Hungría”. Y que “hasta en la Seguridad del Estado, se encontraba la pequeña burguesía”. 

Como datos curiosos, los pequeñoburgueses de referencia eran, además del Che Guevara, Haydée Santamaría, Raúl Roa, Alfredo Guevara, Celia Sánchez, Armando Hart, Faure Chomón. Por otro lado, entre los 43 encartados en el proceso de “la Micro”, estaban Ricardo Bofill, y otros oriundos de la Juventud Socialista y el maoísmo criollo, que luego se convertirían en militantes de la disidencia. 

Como reconocería Aníbal en su mea culpa ante la dirección del PCC: “La clave de la mayoría de los ‘disgustos’ del grupo se halla en la ‘cuestión internacional’”. Concretamente: en el papel de la URSS y el papel de Cuba. Esa dicotomía se había hecho muy evidente apenas dos años antes de que estallara “la Micro”, cuando se celebró la Conferencia Tricontinental en La Habana.

La iconografía de la Tricontinental se diferenciaba de la que presidía los eventos del PCC.

Según los archivos desclasificados de la OSPAAAL, la delegación cubana consideraba que la URSS y China habían convertido el movimento en “arena de confrontación.” 1 Por ejemplo, la República Árabe Unida (Egipto) bajo Nasser, se alineaba con la URSS, de la misma manera que Guinea; mientras, Pakistán, Corea del Norte e Indonesia lo hacían con China. Aunque los gobiernos de la URSS y China no integraban la organización de solidaridad de Asia y África, sus “organizaciones no gubernamentales” sí, de manera que eran las dos delegaciones mayores, y las que contaban con medios de sus gobiernos para atraer adeptos.

Tricontinental, enero 1966. Foto: Archivo OSPAAAL.
Tricontinental, enero 1966. Foto: Archivo OSPAAAL.

Entre los Estados y movimientos de liberación opuestos al hegemonismo soviético y chino, estaban, además de Cuba, Vietnam, Laos, Argelia, los frentes de Vietnam del Sur, Yemén del Sur, Palestina, Mozambique, Guatemala, Sudáfrica, que estaban combatiendo en ese momento. Asimismo, las delegaciones latioamericanas y caribeñas que no preconizaban la lucha armada, como las presididas por los socialistas Salvador Allende (Chile), Heberto Castillo (México), John William Cooke (Argentina), Cheddi Jagan (Guayana), y las de Uruguay, Costa Rica, Honduras o Haití.

Algunos pro-soviéticos veían la postura cubana frente a la URSS como un factor de división. Según documentos desclasificados de los archivos de la Statsi alemana oriental, los cubanos “adoptaron una actitud de superioridad hacia los otros delegados y llegaron hasta discrepar con la URSS, y a intrigas contra los representantes de los partidos comunistas de América Latina, así como a soslayar la presencia de la URSS en los discursos y la redacción de documentos”. 2 

Esta relación cubano-soviética estaba atravesada por elementos que la complejizaban, especialmente la cooperación militar. En el mismo Informe de Raúl sobre “la Micro”, este reconocía que “asesores, especialistas y técnicos de todo tipo han trabajado con nosotros en las fuerzas armadas, miles de oficiales soviéticos y no hay realmente una sola queja que dar de ellos.”

Raúl Castro y General de Ejército Issa Pliyev, jefe de las tropas soviéticas en Cuba, 1962.

Esa cooperación también tenía un significado estratégico para la URSS. Apenas dos años después de la Crisis, se había establecido en Cuba la estación soviética de monitoreo radioelectrónico, donde ahora se encuentra la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI). Expertos en inteligencia han estimado que esta estación podía recoger tres cuartas partes de la información que recopilaba la inteligencia soviética cada año. Cuba se beneficiaba de esa información estratégica, expuesta como estaba a la hostilidad de EEUU. Sin la necesidad de esa cooperación tampoco se entiende la reacción cubana ante la invasión a Checoslovaquia, el 23 de agosto de 1968. 

Entre los discursos de Fidel Castro más citados y menos leídos está el dedicado a ese acontecimiento. Muchos recuerdan la parte en que justifica la intervención por una razón de realpolitik: la preservación de la integridad del campo socialista. Olvidan, sin embargo, las críticas que caracterizan el resto del discurso, tanto dirigidas a Moscú como a Praga.

La primera de esas críticas es que la intervención solo se puede explicar desde el punto de vista político, no legal. “Visos de legalidad no tiene ninguno”. Ha habido “una violación flagrante de la soberanía del estado checoslovaco”. Solo le reconoce a los países del Pacto de Varsovia “el derecho a impedir que un país socialista se desgaje y caiga en brazos del imperialismo”. En ninguna parte la califica de expresión del internacionalismo ni nada parecido.

La segunda reúne un conjunto de objeciones políticas de fondo a las “democracias populares” de Europa Oriental. Dice que “la juventud en Europa del Este no se educa en los ideales del comunismo y el internacionalismo”; que padecen una condición de “ignorancia sobre los problemas del mundo subdesarrollado”; así como de “dogmatismo”, “burocratismo”, y de no ser “verdaderamente revolucionarios”. Finalmente, califica su relación con Moscú como “incondicionalidad”, “satelismo”,  “lacayismo”. 

La más dura de todas las críticas se dirige a la inconsecuencia de la URSS ante la agresión de EEUU contra Vietnam y Cuba: “¿Serán enviadas también las divisiones del Pacto de Varsovia a Vietnam si los imperialistas yanquis acrecientan su agresión contra ese país y el pueblo de Vietnam solicita esa ayuda? ¿Se enviarán las divisiones del Pacto de Varsovia a Cuba si los imperialistas yanquis atacan a nuestro país, o incluso, ante la amenaza de ataque de los imperialistas yanquis a nuestro país, si nuestro país lo solicita?” 3

Cuando las tropas del Pacto de Varsovia entraron en Praga, faltaban tres meses para un cambio de gobierno en EEUU, y era probable que un halcón como Nixon ganara las próximas elecciones. Si un ex-miembro de la administración que engendró Playa Girón llegaba a la Casa Blanca, ¿no se le ocurrirá devolverle a Moscú la intervención en Checoslovaquia con un golpe a su aliado en el Caribe? En el clímax de la agresión estadounidense a Vietnam, el suministro militar de la URSS a Cuba resultaba crucial.

Por otro lado, Moscú también se preocupaba por mantener el acceso a la “colina cubana” en la misma frontera sur de EEUU. Según documentos soviéticos desclasificados, el propio Brezhnev apeló a Fidel para discutir sus diferencias, siguiendo las “normas de las relaciones entre partidos socialistas y partidos comunistas” (abril, 1967). La URSS llegó a temer que el aumento en las relaciones cubanas con Occidente, en particular con Francia, pudiera alejar a Cuba, y hacerla buscar otro socio. De esta manera, le ofreció nuevos créditos y le concedió no cumplir el compromiso de entrega de azúcar en 1968.

Estas no son precisamente reciprocidades por haber justificado la invasión a Checoslovaquia, pues según señala el profesor y ex-diplomático Juan Sánchez, “una parte de la dirigencia soviética [criticaba la posición cubana] por desconocer el derecho de la URSS a mantener lo conquistado en la II Guerra mundial”. 4

Un cuarto de siglo después el fin de la URSS y el corte abrupto de las relaciones económicas y militares, —incluyendo el retiro de la estación radioelectrónica—, contribuyeron a la crisis denominada “Periodo Especial”. Desde entonces, las diferencias entre las relaciones con la URSS y con Rusia son tantas que no vale la pena listarlas. Sin embargo, todo lo anterior sigue inscrito como referente fundamental en la política exterior cubana.

Quienes encuentran “ironías” en la actual posición cubana sobre el conflicto ruso-ucraniano podrían hacerse cargo de esta historia. Quienes afirman que somos continuidad, también. Si esa política tiene principios no es porque la atan a una doctrina, a un conjunto de apotegmas, sino a prácticas dictadas por una situación histórica y geopolítica concreta: integrar una comunidad de naciones que rechazaron alinearse con grandes potencias, sean capitalistas o socialistas, y que al mismo tiempo, requieren alianzas que compensen la fatalidad del espacio que les tocó, frente a la hostilidad de su vecino principal. Por ejemplo, Vietnam.

En esta serie, he tratado de demostrar que, para Cuba, la Crisis de octubre no es un simple episodio de la Guerra Fría, sino una clave en la arquitectura de su política exterior. Haber rechazado la inspección de su territorio cuando se retiraron los misiles, luego de una negociación en que no participó, así como la continuidad de los vuelos rasantes sobre su territorio, no fueron gestos retóricos o arrebatos de orgullo herido, sino prácticas de soberanía, que hicieron más por la aplicación del derecho internacional y la paz estable que la mayoría de los tratados.

Esta historia no solo demuestra que estar en el espacio geopolítico de una potencia, en su “esfera de influencia”, no entraña asumir el sometimiento a sus dictados. También documenta que Cuba no buscó hacerle la guerra a EEUU, ni integró nunca un bloque militar enemigo, ni se alineó a favor de la proliferación nuclear en la región. La historia de la “Crisis de los misiles” evidencia bajo qué condiciones excepcionales de amenaza inminente el país aceptó la colocación de los cohetes.

Dando clases, he comprobado que mis estudiantes de EEUU, —incluidos cubanoamericanos—, han aprendido que el conflicto geopolítico data del castrismo (y el anticastrismo), más que de los fundadores de la independencia. También han adquirido la noción de que Cuba fue una aliada incondicional de la URSS y se alineó con el Pacto de Varsovia. Interpretaciones como estas juzgan de “ambigua” una política que caracteriza la actual intervención rusa en Ucrania como “uso de la fuerza y no observancia de principios legales y normas internacionales que Cuba suscribe”, y que reafirma su oposición “al uso o amenaza de la fuerza contra cualquier Estado”. Según esas interpretaciones sobre lo que debería ser la política cubana,  una posición “clara” consistiría en defender el derecho de Ucrania a aliarse militarmente a la OTAN, y a su gobierno de extrema derecha. No hacerlo, equivale a renegar del concepto de autodeterminación que le atribuyen a Cuba.

Desde esa interpretación achatada sobre la historia de las relaciones con la URSS-Rusia-Ucrania-etc., emergen metáforas, como que “Ucrania desafía a Rusia con el mismo espíritu que Cuba a EEUU”. O que “la invasión de Rusia será como la de EEUU a Vietnam e Irak”. Semejantes comparaciones asumen que no adherirse al bloque antirruso equivale al aislamiento, como si China, India, Vietnam, Irán, Sudáfrica, no hubieran hecho lo mismo, y no apreciaran la autodeterminación. Y da por hecho que esa postura cubana repercutirá en las relaciones con sus principales interlocutores y aliados en Africa y Asia, América Latina y el Caribe. Por último, argumenta que esa postura va a dar pie a la continuidad del bloqueo; o incluso a una intervención de EEUU en la Isla.  

La historia muestra, sin embargo, que el fin de la URSS y del despliegue de tropas cubanas en África, hace más de treinta años, no movieron un milímetro las relaciones del “Norte” con la Isla. También registra que cuando el Che, tres meses después de Girón, le propuso a Richard Goodwin, asesor de JFK, un diálogo en torno a “las relaciones exteriores de Cuba” (con la URSS), la respuesta fue apretarle las clavijas a la Revolución. En cambio, los progresos en las relaciones bilaterales, bajo Carter y Obama, han ocurrido precisamente cuando la Isla ha estado menos sola o distanciada de aliados como la URSS o Rusia o China.

Al cabo, la política de EEUU ha contribuido a que sus dos principales rivales de la Guerra Fría se hayan unido; y ha facilitado que Cuba estreche sus relaciones con ambos a la vez como nunca antes en 60 años. Veremos cuánto cambia este paisaje, cuando se disipe el humo de la guerra.

Notas:

OSPAAAL. Archivo histórico. Análisis general de la Conferencia Tricontinental. Enero 1966. Gaveta No. 1, File 1. 

Archivos RDA. Carpeta: SAPMO-BArch DY30/J IV 2/2/1045 Protokoll Nr. 6/66 (Einschätzung Politbüros ZK SED Drei-Kontinente Konferenz 310 Enero 1966.

Fidel Castro, Análisis de los acontecimientos de Checoslovaquia, La Habana, Ediciones COR, No. 16, 23 de agosto de 1968.

Juan Sánchez, Las relaciones cubano-sovieticas en 1968 vistas desde Cuba, revista Temas,  95-96, 2018. 

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